¿Puede la lengua cambiar la realidad?

¿Puede la lengua cambiar la realidad?

Elena Hernández, del Departamento de «Español al día» de la RAE, nos ha permitido compartir aquí con vosotros el texto de su intervención en la mesa redonda «Cómo crear un lenguaje inclusivo para la aceptación de la identidad LGBTIQ» del miércoles 28 de junio. ¿Puede la lengua cambiar la realidad?

El léxico: nombrar para ser (en sociedad)

El primer aspecto al que me quiero referir se inscribe en el ámbito del léxico y se resume en lo que podríamos llamar «nombrar para ser (para ser en sociedad)».

Una de las primeras condiciones para el reconocimiento del colectivo LGBTIQ y de sus derechos, incluido el de no sentirse lingüísticamente excluido o discriminado, es poder referirnos a las personas que lo integran con los términos apropiados, y que las definiciones asociadas a cada uno de esos términos en los repertorios léxicos del español estén libres de connotaciones negativas y de sesgos heterosexistas. Es necesario, por tanto, asegurarse de que las palabras que designan las distintas realidades que engloba este colectivo estén presentes en el diccionario académico —que es, de facto, el repertorio de referencia para el léxico del español— y, al mismo tiempo, que esas palabras estén definidas con propiedad. El diccionario académico registra ya en su nomenclatura muchos de esos términos, pero probablemente las definiciones de varios de ellos sean manifiestamente mejorables desde una consideración igualitaria de la diversidad afectivo-sexual.

La propia RAE creó hace unos años la llamada Unidad Interactiva del Diccionario (bajo la sigla UNIDRAE) para recoger, a través de un formulario específico disponible en su web, las propuestas de los hablantes tanto de inclusión de nuevos términos o acepciones ausentes hoy del diccionario como de enmiendas a acepciones ya presentes, pero que se consideran inadecuadas por alguna razón. Como ejemplo de uno y otro caso en relación con el tema que nos ocupa valgan la solicitud de cambios en la definición del término bisexual[1], que el diccionario actualmente presenta solo como práctica y no como una determinada orientación sexual, o la petición de incorporar el término transfobia[2] y sus correspondientes adjetivos tránsfobo y transfóbico, que no figuran aún en el diccionario, entre otras cosas porque tampoco aparecen, y deberían, ni el término transgénero ni el acortamiento trans. Sí está registrada, en cambio, la voz transexual, una de cuyas acepciones viene a ser la que, en realidad, correspondería a la ausente transgénero. Sería conveniente, además, que el diccionario académico recogiera y definiera adecuadamente, en las entradas correspondientes, las expresiones orientación sexual e identidad de género para, a partir de ahí, poder definir con mayor adecuación los términos que designan las diferentes manifestaciones de esas dos facetas de la dimensión sexoidentitaria de los seres humanos.

Ahora bien: hay que tener presente que el diccionario académico, como diccionario general que es, no puede registrar todos los términos que los especialistas de las diferentes disciplinas necesitan emplear, y efectivamente emplean, para el análisis de la realidad objeto de su estudio. Los diccionarios generales registran lo que no sin cierta vaguedad se denomina «léxico común», esto es, el que ya circula del algún modo en el uso general, fuera de ámbitos especializados. Por eso no parece razonable que se incorporen de manera inmediata al diccionario la multitud de términos que circulan hoy entre los activistas y los estudiosos del género para expresar los numerosos matices que pueden efectivamente darse en la identidad  y la orientación afectivo-sexual[3] de los seres humanos, términos cuyas definiciones, en muchos casos, no son siempre coincidentes en todos los glosarios que tratan de definirlos o que se solapan de algún modo, aumentando así la confusión (valga como ejemplo el tan cambiante, polivalente y escurridizo anglicismo queer, que no resulta en modo alguno transparente para los hispanohablantes ajenos al activismo). En mi opinión, esta excesiva puntillosidad terminológica en relación con la experiencia afectivo-sexual está conduciendo a una taxonomización de esa dimensión íntima y libérrima de la persona que no contribuye a promover la comprensión, aceptación y normalización de la diversidad por parte de la sociedad en su conjunto. Creo que, como tantas veces ocurre, una preocupación excesiva por atender a la naturaleza diferenciada de cada uno de los árboles puede terminar impidiéndonos ver, reconocer, el bosque.

Concha Romeu

La morfología: ¿es necesario/posible superar el binarismo del género gramatical?

El otro ámbito de mi reflexión tiene que ver con la morfología del género, esto es, con la forma que adoptan determinadas clases de palabras según el género gramatical que les corresponde.

Muchas de las propuestas de creación de un lenguaje inclusivo inciden en la necesidad de superar el binarismo del género gramatical característico del sistema lingüístico del español (donde los sustantivos, como se sabe, se clasifican en dos únicos grupos: masculinos y femeninos). La cuestión aquí es bastante más delicada y compleja de lo que a veces están dispuestos a admitir quienes reclaman intervenciones directas en el sistema lingüístico por la vía de la creación de nuevos morfemas de género (como la @, la x, la e…) o de formas pronominales y artículos neutros referidos a persona (como el pronombre elle, en lugar de él o ella, o el artículo le, en lugar de el o la…).

Estas propuestas buscan, por un lado, evitar el uso genérico del masculino gramatical[4] —posibilidad derivada, como todo lingüista sabe, de su condición de término no marcado de la oposición, hecho que lo faculta para referirse, en contextos inespecíficos, a seres de uno u otro sexo— y, por otro, tienen como objetivo establecer mecanismos para integrar en la referencia a quienes no se sienten reconocidos en ninguna de las dos identidades de género asociadas a cada uno de los términos de esa oposición binaria (esto es, a las personas del llamado tercer sexo o tercer género, o a quienes se declaran agénero, bigénero, trigénero, pangénero o de género fluido).

«Los novios», de Concha Romeu

En relación con la primera cuestión, quienes rechazan el uso genérico de las formas masculinas de sustantivos y adjetivos referidos a persona parten de la premisa de que ese uso, por un lado, invisibiliza a las mujeres —y, cabría añadir aquí, a todos los demás colectivos que no se sienten identificados con la identidad de género masculina— y, por otro, que ese rasgo lingüístico (el funcionamiento del masculino con valor genérico) es indiscutiblemente el reflejo, en el ámbito lingüístico, de la visión androcéntrica tradicionalmente dominante en las sociedades heteropatriarcales. Sin embargo, lo primero —que el uso genérico del masculino gramatical invisibilice a las mujeres— no es un hecho objetivo, sino un sentimiento subjetivo en modo alguno generalizable a todas ellas (yo misma, que soy mujer y feminista combativa, nunca me he sentido invisibilizada ni excluida de la referencia en expresiones como los ciudadanos europeos o todo trabajador tendrá derecho a disfrutar de vacaciones anuales retribuidas, y estoy segura de que no soy la única en sentirse aludida por esos enunciados). Y lo segundo
—que la secular dominación heteropatriarcal esté en el origen de que el masculino gramatical sea el término no marcado— quizá sea una hipótesis plausible, pero es indemostrable científicamente.

En cualquier caso, ese supuesto «pecado original» del masculino gramatical no invalidaría su funcionamiento efectivo hoy en el sistema lingüístico del español como término inclusivo en contextos inespecíficos. Así pues, si las premisas de las que parte este rechazo del masculino genérico no son tan firmes como se nos quiere hacer creer, resultaría innecesaria la búsqueda de nuevos mecanismos morfológicos para conseguir un lenguaje inclusivo en las menciones inespecíficas sencillamente porque esos mecanismos ya están ahí, ya han sido previstos por el sistema lingüístico. ¿Por qué invertir entonces tanto esfuerzo en construir neolenguas supuestamente inclusivas, que dan lugar a enunciados como Les ciudadanes europees o Tode trabajadore tendrá derecho o dereche a esto o lo otro…, propuestas que en realidad nos hacen esclavos de las formas haciendo más costosa la comunicación?

Concha Romeu

En la página españole.es, dedicada a la promoción de una de esas neolenguas llamadas equitativas por sus creadores, puede leerse lo siguiente: «Ne somos esclaves de les lengües. Les lengües deben estar a le service de les persones, no a le revese. Nadie debería ser esclave de les palabres que le son incómodes o le desagradan»[5]. Suscribo absolutamente esa declaración; pero, contrariamente a lo que se pretende, no encuentro nada liberador en estos mecanismos de manipulación lingüística, sino todo lo contrario: me siento más esclava de la lengua teniendo que esquivar su natural discurrir para acomodarlo a las recomendaciones de las guías que promueven lo que sus autores consideran un uso no sexista o no discriminatorio del lenguaje. Muchas de las propuestas de esas guías son inconsistentes, no pueden aplicarse en todos los contextos ni a todos los enunciados posibles, nos obligan a fatigosos desdoblamientos que ni sus más acérrimos partidarios son capaces de sostener en la comunicación espontánea, cosifican a las personas recomendando la sustitución de los sustantivos que las designan de forma directa por el colectivo supuestamente equivalente (ciudadanía, en lugar de ciudadanos; alumnado, en lugar de alumnos, etc.) o son recursos solo utilizables por escrito (como la @ o la x, cuyo correlato ya no es fónico, sino directamente conceptual, a modo de recurso ideográfico en una lengua alfabética como la nuestra). Las lenguas son sistemas delicados: no se pueden manipular o cambiar determinadas piezas sin que todo el conjunto se resienta y estas intervenciones parciales desestabilizan el sistema creando zonas de ambigüedad donde antes no las había.

En mi opinión, a la postre, estos mecanismos supuestamente antidiscriminatorios nos esclavizan a todos, convirtiendo la lengua común en un campo minado donde la permanente vigilancia sobre las formas acaba por hacer que el contenido pase a un segundo plano o su descodificación sea innecesariamente trabajosa. Nunca habrá sido más cierto aquello de que la forma es el mensaje, hasta el punto de arriesgarnos a que este sea sepultado por aquella. No hemos luchado para liberarnos de los corsés que oprimían nuestros cuerpos para imponernos ahora corsés lingüísticos que opriman nuestras lenguas. La vía para defender el reconocimiento, la normalización y la igualdad de derechos de los colectivos discriminados no puede ser la de acabar vulnerando el derecho de todos a utilizar con libertad y naturalidad nuestra lengua. Flaco favor a la causa, ya que nos enajenaría la necesaria participación y el apoyo de quienes reconocen la justicia de la lucha, pero sienten que forzar la lengua de todos no es el camino.

Las transformaciones sociales acaban por dejar, inevitablemente, su huella en la lengua, no al revés. Las lenguas no cambian por decreto: son instrumentos de comunicación al servicio de la comunidad de hablantes y son estos, por consenso implícito no consciente y no dirigido, quienes a la larga, acabarán creando y adoptando aquellas innovaciones sentidas como necesarias y que contribuyan a hacer más eficaz nuestra comunicación. Pongamos, pues, ahora el acento en educar en el reconocimiento y el respeto de todas las personas, con independencia de su identidad de género o su orientación sexual. Evitemos el insulto, luchemos contra actos y discursos verdaderamente discriminatorios. Las consecuencias lingüísticas de ese reconocimiento se darán con naturalidad, sin imposiciones, o no serán.


[1] DLE2014: «bisexual. adj. 1. hermafrodita. ‖ 2. Dicho de una persona: Que mantiene relaciones tanto homosexuales como heterosexuales. U. t. c. s. ‖ 3. Perteneciente o relativo a la bisexualidad o a los bisexuales». La acep. 1 es la más antigua documentada (sobre todo en textos de botánica y zoología) y se refiere a los seres vivos (animales y plantas) que presentan caracteres sexuales tanto masculinos como femeninos. Por cierto, que en la acepción 2 debería, como hacen otros diccionarios, incluirse en la referencia también a los animales (que pueden ser también bisexuales en este otro sentido).

[2] El 17 de mayo se registró una petición en la plataforma Change.org para que el diccionario académico recogiese el término transfobia: «Sin embargo, existe aún escasa conciencia de la dimensión de la transfobia como problema social. Para comenzar, el diccionario de la Real Academia Española (RAE) no recoge el término en su diccionario de la lengua española, mientras que si recoge otras lacras sociales como la homofobia. Comencemos a visibilizar el problema de la transfobia pidiendo que la RAE incluya el término “transfobia” en el diccionario de la lengua española».

[3] Términos o expresiones como agénero, intergénero, bigénero, trigénero, pangénero y género fluido.

[4] También hay genéricos femeninos, por cierto: persona, víctima, criatura.

[5] Describe así el españole: «Le principale característique de le españole es que crea un génere neutre que quita valore sexiste a les palabres, y por tante a les comunicaciones, y por tante a les relaciones, y por tante a le realidade». Se trata de una propuesta extrema, que sustituye por -e no ya los morfemas de género -o/-a sino las terminaciones mismas, aunque no sean morfemas de género, ya que se propone el cambio también en palabras carentes de género gramatical, como los adverbios: ne, tante…, en lugar de no, tanto

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